Por: Gibran Haro

Antes, en el circo romano, la gente se reunía para ver luchas, burlas, castigos y caídas.

Hoy ya no estamos en gradas de piedra, pero muchas veces hacemos lo mismo desde una pantalla.

Antes se aplaudía la caída de un gladiador.

Hoy se viraliza el error, la desgracia o la polémica de una persona.

Las redes sociales pueden informar, ayudar, denunciar injusticias y construir comunidad. Pero también pueden convertirse en un espacio de morbo, juicio rápido y condena sin contexto.

El problema no son las redes.

El problema es cuando como sociedad nos acostumbramos a consumir la caída de otros como entretenimiento.

Hoy los algoritmos saben que el enojo, la burla y la confrontación generan vistas, comentarios y reacciones.

Pero lo más viral no siempre es lo más justo.

Lo más comentado no siempre es lo más verdadero.

Y lo más escandaloso no siempre es lo más humano.

La pregunta no es si las redes son el nuevo circo romano.

La verdadera pregunta es:

¿Qué papel queremos tener dentro de esa arena digital?

¿Seremos parte de la multitud que solo exige espectáculo?

¿O ciudadanos capaces de pensar, cuestionar y actuar con responsabilidad?

Porque una sociedad que se entretiene con la caída de otros corre el riesgo de olvidar su propia humanidad.

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